martes, 2 de septiembre de 2008

Flor roja con tallo verde


Hoy rescato un viejo artículo. Que nadie piense que estoy contra la normativa escolar. Pero sí estoy a favor de formar ciudadanos libres, que sepan distinguir entre una acto humano y un acto del hombre.



Muchos lo piensan. Pero no lo manifiestan en voz alta. Porque el ambiente es tan asfixiante que el oxígeno no llega al cerebro, el riego sanguíneo no es fluido y a los pulmones les falta aire libre para poder hablar. Me da pánico que cualquier día nos suceda como a Soledad.


A Soledad le mandaron dibujar las flores de un jardín. Empezó a hacer flores con lápices de color rosa, naranja y azul. Una orden de la maestra interrumpió el trabajo. “¡Esperad!. Yo os diré cómo debéis hacerlas. ¡Así!”. Y pintó una flor roja con el tallo verde. Soledad miró la flor de la maestra, miró la suya… le gustó más las suya, pero guardó su papel e intentó copiar la flor de la pizarra. Era roja con el tallo verde. Era correcta; había seguido fielmente las indicaciones. Pocos días después, la profesora le mandó componer una redacción. “¡Qué bien! – pensó - Podré escribirle a las estrellas”. De inmediato, se oyó la voz de la maestra .“¡Esperad!. Yo os diré sobre qué escribiréis. El tema será las vacaciones” . Soledad aún albergaba la esperanza de poder explicar que en verano las estrellas se asoman más tarde. Pero sus pensamientos fueron de nuevo interrumpidos: “¡Esperad!. Yo os diré lo que debéis poner. Anotad: lugar adonde fuisteis a veranear (playa o campo); con quiénes fuisteis (padres o amigos); qué medio de transporte utilizasteis (aéreo, marítimo o terrestre); qué hicisteis, cómo lo pasasteis, cuántos días estuvisteis y cuándo regresasteis.¿Lo habéis entendido?.¿Sí?. Podéis empezar.” Soledad cogió su lápiz con resignación y comenzó a contestar uno por uno y de forma ordenada todos los puntos que la maestra les había marcado. En esta pauta no cabían sus estrellas.


Soledad ha dejado de ser niña, pero le siguen marcando pautas innecesarias que no la dejan crecer. Los poderes públicos se parecen demasiado a la maestra de Soledad. Prohibido mendigar, prohibido tender la ropa en el balcón, prohibidas las representaciones musicales en la calle, prohibida la venta ambulante, prohibido dormir al raso, prohibido vender bollería en los bares de los colegios, prohibido fumar, prohibido rotular los comercios en según qué idioma... Puestos a prohibir, no entiendo cómo no se les ha ocurrido prohibir vender tocino, que dispara el colesterol; prohibir tomar el sol sin protección “pantalla total”, que produce cáncer de piel; prohibir tomar café o té verde o té rojo, que sube la tensión. Puestos a prohibir, ¿por qué no se nos prohíbe pensar? Es la prohibición más sencilla; es la consecuencia lógica de todas las anteriores y de las que están por llegar.


Nos han construido un techo de poca altura y nos pretenden instalar en un estadio de infantilismo que recuerda la primera educación: andar correctamente, saber utilizar los cubiertos y los útiles de escritura, decir gracias, buenos días , buenas noches... Este estadio es parecido a la enseñanza que recibe un estudiante de música. Primero aprende solfeo y el uso adecuado del instrumento. Pero si, llegado el momento, el sujeto no es capaz de interpretar personalmente e incluso componer una partitura... ¿tiene algún sentido la clase de música? .


Soledad y su familia se mudaron a otra ciudad y la niña cambió de escuela. En uno de los primeros días que ella asistía a clase, la maestra dijo: “En esta clase haremos un dibujo.” Soledad se quedó esperando a que la maestra dijese cómo debería hacerlo. “¿Por qué no trabajas?. ¿No te gusta dibujar?”, le preguntó la maestra. “ Sí – le respondió Soledad- pero estoy esperando que usted me diga cómo lo tengo que hacer. “Como tú quieras- contestó la maestra-. Se trata de una manifestación personal”. No lo entiendo -pensó Soledad-. Y comenzó a hacer una flor roja con el tallo verde.


El suma y sigue de sanciones cada vez más severas, de normativas cada vez más particulares, de reglamentos cada vez más minuciosos... pueden dar seguridad, sobre todo a los que mandan. Pero esta seguridad es ficticia. Las consecuencias tienen un efecto “rebote” : la inhibición –“ya me lo darán hecho”-, la ignorancia –“otros lo harán por mí” - y la rebeldía –“¡que no me da la gana!”


La seguridad antes-que-nada es un contravalor, un principio antivital por excelencia. Mientras existen normas coercitivas, el barco llega a buen puerto. Pero ojo el día que desaparece quien marca el rumbo... cuando no hay nadie que diga cómo hay que dominar el timón. El barco navega a la deriva y naufraga. Porque ya no somos nosotros los que nos vivimos; nos viven desde fuera. Compensa más invertir en educación para que los niños de hoy sean mañana ciudadanos libres y responsables que en el despliegue de medios que comporta un estado policial. Es más rentable y psíquicamente más saludable.

2 comentarios:

mireia dijo...

Lo que da seguridad es tener formada la propia conciencia. Y actuar según idem.Casi no he sido capaz de leer tu escrito. Me inspiraba una sensación de axfisia que para qué.
Odio las normativas. En la enseñanza abundan para tener las espaldas guardadas cuando surgen las dificultades. Y porque es más lento hablar con las personas, sancionar si algo está mal, por eso, porque está mal (tienes que defenderlo, no ceder (o sí) y te expones a ser la mala de la peli).
Las normativas dan la tranquilidad de que "aquí eso funciona así" está consensuado ( por no se sabe quién), presentada en Inspección, aplaudida por tampoco se sabe quién y... ¿para qué seguir?
No vivo en el guindo. Unas mínimas normas deben existir, pero eso: mínimas. Y emplear más tiempo y esfuerzo en atender la conciencia personal que a fin de cuentas es la que le acompaña a una hasta que
la palma

sunsi dijo...

No vives en el guindo. Dilo bien alto. Y que llevas muchos años en esto. Hablar con las personas. Más lento pero los resultados son infinitamente más eficaces. Entre otras cosas porque si no, se cae en la tentación de tratar a la gente como a un colectivo... café para todos. Es la injusticia del igualitarismo, que sabes bien que es de origen marxista.
Café para todos no... Tú con una nube de leche, el otro cortado, el de más allá con azúcar o con sacarina o amargo.

Si no somos iguales, no a todos nos viene bien el mismo jarabe. Educación personalizada...Es eso,¿no?