lunes, 29 de septiembre de 2008

Respuesta a la pregunta "¿Piensan los jóvenes?"



Carmina Álvarez ha redactado un artículo de opinión. Desde la perspectiva de una chica que ha empezado su primer curso en la Facultad de Humanidades, dice y lo dice bien claro:


El fin de la historia, el fin del arte.
Últimamente he estado pensando que ya no existen los libros. Los libros como los de antes. Asistiendo a las clases en la facultad de humanidades me doy cuenta de lo que me queda por aprender. Deambulo por pasillos y aulas, entre una masa informe de gente que recibe las mismas asignaturas que yo. Les observo detenidamente y no reaccionan ante lo que el profesor dice. Paseo la mirada entre setenta y siete cabezas poco interesadas que al parecer no poseen ni una pizca de curiosidad. Son setenta y siete cerebros pasivos.


Oyen de boca del profesor: “el arte ha muerto”; lo escuchan, se lo creen. Nada más salir de los labios del sabio de turno lo interiorizan. No se preguntan al respecto. El objetivo del docente ha caído en saco roto. Oyen: “la historia ha muerto, la historia es ficción” y la única respuesta es un rotundo silencio.


Y digo que ya no se escriben libros como los de antes porque ya no hay objetivos como los de antes. Ya nada es como antes. Antes. Ese tiempo que no viví pero del que veo los frutos. Pero entre mi generación sólo hay indiferencia, son una gran cantidad de individuos sin brillo, sin distinción. Ese fulgor en los ojos, el resplandor de la inteligencia aprovechada no existe ya.


Hace unos días me dijo- un castellano, de Castilla- que la esencia del conocimiento es el desconocimiento, que saber lo que se ignora es aprender a saber. Y habló de los libros de antaño, habló del Quijote y de lo absurdo de escribir un libro que no podría ser leído, porque el ochenta por ciento de la población de entonces era analfabeta. Nos explicó cuál era el objetivo de Cervantes. ¡Un objetivo! Y ya no existen libros como los de antaño porque ya no vive gente con propósitos. Porque ahora mismo, en pleno siglo XXI, no hay un elevado porcentaje de analfabetismo pero sí de carencia de metas. Ya nadie pretende escribir enunciados rotundos, fuertes, importantes y profundos que tengan un fin que no sea convertirse en el próximo “best seller”. Sé que el arte no ha muerto, quizás debamos sólo replantearnos qué es arte.


Sé que la historia se escribe, que no es ficción, que sólo es cuestión de tiempo que alguno hable de nosotros como hablamos nosotros de nuestros antepasados, pero lo que sí sé, por penoso que sea, es que la literatura ha muerto."

viernes, 26 de septiembre de 2008

"¿Piensan los jóvenes?"


Mientras termino de releer "La aventura de ser maestro", cuelgo el útimo epígrafe de un artículo. Es de Jaime Nubiola (La Gaceta de los Negocios, 20 de noviembre de 2007).





"Resulta muy peligroso —para cada uno y para la sociedad en general— que la gente joven en su conjunto haya renunciado puerilmente a pensar. El que toda una generación no tenga apenas interés alguno en las cuestiones centrales del bien común, de la justicia, de la paz social, es muy alarmante. No pensar es realmente peligroso, porque al final son las modas y las corrientes de opinión difundidas por los medios de comunicación las que acaban moldeando el estilo de vida de toda una generación hasta sus menores entresijos. Sabemos bien que si la libertad no se ejerce día a día, el camino del pensamiento acaba siendo invadido por la selva, la sinrazón de los poderosos y las tendencias dominantes en boga.



Pero, ¿qué puede hacerse? Los profesores sabemos bien que no puede obligarse a nadie a pensar, que nada ni nadie puede sustituir esa íntima actividad del espíritu humano que tiene tanto de aventura personal. Lo que sí podemos hacer siempre es empeñarnos en dar ejemplo, en estimular a nuestros alumnos —como aspiraba Wittgenstein— a tener pensamientos propios. Podremos hacerlo a menudo a través de nuestra escucha paciente y, en algunos casos, invitándoles a escribir. No se trata de malgastar nuestra enseñanza lamentándonos de la situación de la juventud actual, sino que más bien hay que hacerse joven para llegar a comprenderles y poder establecer así un puente afectivo que les estimule a pensar."

jueves, 25 de septiembre de 2008

El factor tiempo: un breve comentario.

"Dar tiempo al tiempo, ahí está el secreto.
Y evitar calificaciones que son como apellidos, unidos al nombre para siempre:distraído, no se entera,va a la suya, no sabe lo que es trabajar...
Y profesores: se lo comen, va de colega y no conseguirá nada, no quiere tener problemas...
Tiempo al tiempo.
Podría escribir una lista larga larga de profesores excelentes que al comienzo no apuntaban maneras, y de alumnos magníficos profesionales hoy, que en su momento no daban un palo al agua.
Lo dicho: tiempo al tiempo"

(Mireia Lodroño)

miércoles, 24 de septiembre de 2008

La aventura de ser maestro. El factor tiempo.


Estoy leyendo una ponencia del Profesor Dr. José M. Esteve. El título: "La aventura de ser maestro" (XXXI Jornadas de Centros Educativos. Pamplona , 4 de febrero de 2003).


Igual alguien me toma por loca si confieso que me emociono con su lectura. Pues sí, me emociono. Es un ensayo escrito para que sirva, para que sea útil. Ni un atisbo de lucimiento personal, ni una alusión a tópicos desgastados.


Me lo ha pasado Mireia Lodroño y creo que no debo quedármelo para mí. Pero es suficientemente largo como para transcribirlo entero y de una atacada. Así que lo voy a ir dosificando, como las perlas de Gracián. Y empiezo ... por el principio ... por los inicios de este insigne profesor.


"Como casi todo el mundo, yo me inicié en la enseñanza con altas dosis de ansiedad; quizás porque, como he escrito en otra parte, nadie nos enseña a ser profesores y tenemos que aprehenderlo nosotros mismos por ensayo y error. Aún me acuerdo de mi primer día de clase: toda mi seguridad superficial se fue abajo al oír una voz femenina a mi espalda: "¡Qué cara de crío. A éste nos lo comemos!". Aún me acuerdo de mi miedo a que se me acabara la materia que me había preparado para cada clase, a que un alumno me hiciera preguntas comprometidas, a perder un folio de mis apuntes y no poder seguir la clase... Aún me acuerdo de la tensión diaria para aparentar un serio academicismo, para aparentar que todo estaba bajo control, para aparentar una sabiduría que estaba lejos de poseer...


Luego, con el paso del tiempo, corrigiendo errores y apuntalando lo positivo, pude abandonar las apariencias y me gané la libertad de ser profesor: la libertad de estar en clase con seguridad en mí mismo, con un buen conocimiento de lo que se puede y no se puede hacer en clase; la libertad de decir lo que pienso, de ensayar nuevas técnicas para explicar un tema, de cambiar formas y modificar contenidos.


Y con la libertad llegó la alegría: la alegría de sentirme útil a los demás, la alegría de una alta valoración de mi trabajo, la alegría de haber ecapado a la rutina convirtiendo cada clase en una aventura y en un reto intelectual"







domingo, 21 de septiembre de 2008

Mireia Lodroño aclara qué es comprender. Gracias.


Comprender es :

empezar a ejercitar el pensamiento,

hacer propio ese conocimiento,

relacionarlo casi inconscientemente con lo ya comprendido,

tener visión crítica ,

disentir si es necesario,

desarrollar aquel concepto yendo muuucho más allá de lo que nos han dicho en clase...


En fin.
Tuve un profesor de Filosofía que nos decía en clase: "Señores, quien bien concibe, bien pare".

Pues eso.

El profesor era aragonés, sí.

jueves, 18 de septiembre de 2008

El 68 de Gracián




Transcribo un párrafo:

"Hacer que comprendan. Es más importante que hacer recordar."



Con permiso de Gracián, me detengo aquí . Recordar y comprender... equiparable con la epidermis y la dermis. Una enseñanza epidérmica sólo llega a un sentido interno, pero sentido al fin y al cabo: la memoria. La memoria es semejante a un almacén de imágenes que, como la fotografía, amarillea con el tiempo. Es necesario taspasar ese umbral , penetrar en el intelecto. Si no, cualquier rato, tomando el sol ... nos quemamos y nos pelamos. Y de aquella epidermis sólo queda un vago vestigio.


Penetrar en la dermis del conocimiento. Los que tenemos enfrente deben conseguir ir más allá de la imagen, de la envoltura. Comprender. Luego la actitud del enseñante es obvia: hacer inteligible la materia sin renunciar a la excelencia. ¿Encaje de bolillos? Nadie ha dicho que sea sencillo. Ser educador no es sencillo. Es , ni más ni menos, aquél que tiene en sus manos la posibilidad de que el otro sea ignorante...o no; que el otro tenga recursos para avanzar en el conocimiento... o no; que el otro se ilusione con seguir avanzando... o no.


Disculpen una incursión que ejemplifica. Principio de curso. Materia de esas que se repiten cada año . Un alumno interviene: "¿Podría volver a explicarlo?. No lo he entendido". Respuesta: "Ya deberías saberlo. Se dio el curso pasado" ¿Y?. Probablemente, un alumno reservado... tímido... no volverá a preguntar más. Y se quedará con una laguna por un hecho puntual y desafortunado.


Es cierto que un alumno preguntón rompe el ritmo de una clase explicativa. El arte del docente-la docencia debería alcanzar la categoría de arte-es saber discernir entre una duda real y la actitud de un alumno que se dedica a reventar las clases.


Una duda real, auque sea personal, puede resolverse en el momento porque se intuye que puede ser una duda general. O puede resolverese al final de la hora de clase. Pero jamás podemos dejar a un alumno con la duda. El alumno está en clase para aprender. Si no, con el libro de texto que ha costado el ojo de la cara y medio del otro sobraría y bastaría.
...
Suavizo con una "enmienda" a modo de postdata. Todos, algunos más que otros, hemos caído alguna vez en ese error; por cansancio, por rutina, por bloqueo, por... Lo fundamental es saber que es un error. Ahí arriba figura esa mano que agarra unas flores. Metafórico. Pasamos a pasiva. Flores que son agarradas por una mano ... y añadimos... por una mano que necesita aprender cómo agarrarlas y qué es exactamente lo que agarra.














martes, 16 de septiembre de 2008

¿Caben los diferentes?


No es un tema marginal. Cada vez hay más. Y no hay suficientes herramientas.


Un viejo artículo. No soy capaz de releerlo sin sentir una punzada en un lugar indeterminado.


“Todos los hombres nacen iguales, pero es la última vez que lo son”. (Lincoln) .


Y a partir de ahí, a partir del momento en que el ser humano se asoma a la vida, tiene la posibilidad de serlo todo o no ser nada. De aprovechar el impulso de la marea alta o dejar que las olas mueran a sus pies. No, no se trata de tener “suerte”; la “suerte” no existe. Existe el tesón, la constancia, el trabajo, la lucha. Si a eso le llamamos suerte, pues bendita suerte la que llena nuestras manos de infinitas capacidades para hacer con ellas lo que libremente decidamos. Como el barro informe en manos del alfarero, podemos moldear una y otra vez hasta que de nuestros dedos se deslicen las figuras más bellas... o por el contrario, darnos por vencidos y lanzar nuestras capacidades al vacío.


Pero...¿qué pasa con los “diferentes”?, ¿con los que no cumplen los parámetros para ser considerados disminuidos psíquicos, físicos o sensoriales?. ¿Qué sucede en los casos de trastornos de la personalidad en los que las capacidades intelectuales no se ven afectadas?. ¿ con los que no encajan en una escuela “normal”(porque no encajan, por mucho que nos empeñemos), ni les corresponde ir a una escuela “especial”?.
¿ Les hacemos un hueco, los metemos a presión, con “calzador” y procuramos que molesten lo menos posible? Es para nota si además procuramos que no sean molestados. De todas formas, no nos engañemos; son molestados, ridiculizados, humillados en público, marginados (no vaya a ser que distorsionen el buen ritmo de los “normales”). Los “diferentes” interesan poco porque invertir en su educación no compensa .¿Qué servicio prestarán el día de mañana?. No, evidentemente no serán productivos, ni competitivos. Con mucha “delicadeza” los apartamos un poco, después los arrinconamos y más tarde nos olvidamos -¡qué alivio!- para, finalmente abandonarlos a su suerte.


Me temo que vivimos en una sociedad de modelos preconcebidos y “ellos”, los más débiles, no son útiles. Ellos no han tenido “suerte”. Con las manos casi vacías y unos dedos torpones a ellos las figuras les salen poco agraciadas. No llegan a ser deformes...pero ¿a quién le interesa adquirirlas si no las podríamos colocar ni siquiera en un estante de chiringuito de feria?

Echo mano de unas palabras del humanista por excelencia de nuestro siglo, Juan Pablo II: “Si falta la caridad todo será inútil”.La caridad es universal y tiene que manifestarse en cada ser humano. “Nadie puede ser excluido de nuestro amor.”

Afortunadamente, los padres de los “diferentes”, a base de sufrir, se les ha ensanchado la capacidad de amar. Dios les dé larga vida . Hoy por hoy, son el único ámbito en el que estos seres tan especiales como entrañables son aceptados, queridos por el mero hecho de que son , de que existen.

jueves, 11 de septiembre de 2008

El 195 de Gracián.




"Saber estimar".




"No hay nadie que no pueda ser maestro de otro en algo.

Tampoco hay quien no supere al que destaca.

Es útil saber disfrutar de cada uno.


El sabio estima a TODOS porque sabe ver lo bueno de cada uno y sabe lo que cuesta hacer bien las cosas.

El necio desprecia a TODOS porque no elige lo bueno y porque elige lo peor."




Me imagino a un sabio impartiendo una asignatura, la que sea, eso da igual. Frente a él, un grupo numeroso de aprendices de sabios.
Como son aprendices, todavía les queda mucho por aprender.
El sabio lo sabe. Y no vomita conocimientos; les explica primero qué herramienta hay que coger en cada momento para abrir la tapa de las cajas. En las cajas hay parcelas de sabiduría, pero hay que saber abrirlas.

El sabio sabe lo que le ha costado ser sabio. Y observa que en sus aprendices hay diversidad. Los mira, uno a uno. Cae en la cuenta de que tendrá que abrir su caja de herramientas; no todas sirven para todos.


"Buenos días. Este curso vamos a aprender a aprender"

lunes, 8 de septiembre de 2008

Palabras del Papa a los educadores.


Leedlo en un rato de tranquilidad. Sin prisas. Sabias palabras las de Benedicto XVI.



Queridos hermanos y hermanas:

Os agradezco que hayáis aceptado, en gran número, la invitación a esta audiencia especial, durante la cual recibiréis de mis manos la carta que dirigí a la diócesis y a la ciudad de Roma sobre la tarea urgente de la educación. Os saludo con afecto a cada uno de vosotros: sacerdotes, religiosos y religiosas, padres de familia, profesores, catequistas y demás educadores, niños, adolescentes y jóvenes, así como a los que siguen la audiencia a través de la televisión. Saludo y doy las gracias, en particular, al cardenal vicario y a todos los que han tomado la palabra en representación de las diversas clases de personas implicadas en el gran desafío educativo.

En efecto, estamos reunidos aquí porque nos mueve una solicitud común por el bien de las nuevas generaciones, por el crecimiento y por el futuro de los hijos que el Señor ha dado a esta ciudad. Nos mueve también una preocupación, es decir, la percepción de lo que hemos llamado "una gran emergencia educativa". Educar nunca ha sido fácil, y hoy parece cada vez más difícil; por eso, muchos padres de familia y profesores se sienten tentados de renunciar a la tarea que les corresponde, y ya ni siquiera logran comprender cuál es de verdad la misión que se les ha confiado.

En efecto, demasiadas incertidumbres y dudas reinan en nuestra sociedad y en nuestra cultura; los medios de comunicación social transmiten demasiadas imágenes distorsionadas. Así, resulta difícil proponer a las nuevas generaciones algo válido y cierto, reglas de conducta y objetivos por los cuales valga la pena gastar la propia vida. Pero hoy estamos aquí también y sobre todo porque nos sentimos sostenidos por una gran esperanza y una fuerte confianza, es decir, por la certeza de que el "sí" claro y definitivo, que Dios en Jesucristo dijo a la familia humana (cf. 2 Co 1, 19-20), vale también hoy para nuestros muchachos y jóvenes, vale para los niños que hoy se asoman a la vida. Por eso, también en nuestro tiempo educar en el bien es posible, es una pasión que debemos llevar en el corazón, es una empresa común a la que cada uno está llamado a dar su contribución.

Estamos aquí, en concreto, porque queremos responder al interrogante educativo que hoy perciben dentro de sí los padres, preocupados por el futuro de sus hijos; los profesores, que viven desde dentro la crisis de la escuela; los sacerdotes y los catequistas, que saben por experiencia cuán difícil es educar en la fe; los mismos muchachos, adolescentes y jóvenes, que no quieren que los dejen solos ante los desafíos de la vida. Esta es la razón por la que os escribí, queridos hermanos y hermanas, la carta que estoy a punto de entregaros. En ella podéis encontrar algunas indicaciones, sencillas y concretas, sobre los aspectos fundamentales y comunes de la obra educativa.

Hoy me dirijo a cada uno de vosotros para ofreceros mi afectuoso aliento a asumir con alegría la responsabilidad que el Señor os encomienda, para que la gran herencia de fe y de cultura, que es la riqueza más verdadera de nuestra amada ciudad, no se pierda en el paso de una generación a otra, sino que, por el contrario, se renueve, se robustezca, y sea una guía y un estímulo en nuestro camino hacia el futuro.

Con este espíritu me dirijo a vosotros, queridos padres de familia, ante todo para pediros que permanezcáis siempre firmes en vuestro amor recíproco: este es el primer gran don que necesitan vuestros hijos para crecer serenos, para ganar confianza en sí mismos y confianza en la vida, y para aprender ellos a ser a su vez capaces de amor auténtico y generoso. Además, el bien que queréis para vuestros hijos debe daros el estilo y la valentía del verdadero educador, con un testimonio coherente de vida y también con la firmeza necesaria para templar el carácter de las nuevas generaciones, ayudándoles a distinguir con claridad entre el bien y el mal y a construir a su vez sólidas reglas de vida, que las sostengan en las pruebas futuras. Así enriqueceréis a vuestros hijos con la herencia más valiosa y duradera, que consiste en el ejemplo de una fe vivida diariamente.

Con el mismo espíritu os pido a vosotros, profesores de los diversos niveles escolares, que tengáis un concepto elevado y grande de vuestro importante trabajo, a pesar de las dificultades, las incomprensiones y las desilusiones que experimentáis con demasiada frecuencia. En efecto, enseñar significa ir al encuentro del deseo de conocer y comprender ínsito en el hombre, y que en el niño, en el adolescente y en el joven se manifiesta con toda su fuerza y espontaneidad.

Por tanto, vuestra tarea no puede limitarse a comunicar nociones e informaciones, dejando a un lado el gran interrogante acerca de la verdad, sobre todo de la verdad que puede ser una guía en la vida. En efecto, sois auténticos educadores: a vosotros, en estrecha sintonía con los padres de familia, se ha encomendado el noble arte de la formación de la persona. En particular, cuantos enseñan en las escuelas católicas han de llevar dentro de sí y traducir cada día en actividad el proyecto educativo centrado en el Señor Jesús y en su Evangelio.

Y vosotros, queridos sacerdotes, religiosos y religiosas, catequistas, animadores y formadores de las parroquias, de los grupos juveniles, de las asociaciones y movimientos eclesiales, de los oratorios, de las actividades deportivas y recreativas, procurad tener siempre, con los muchachos y los jóvenes a los que os acercáis, los mismos sentimientos de Jesucristo (cf. Flp 2, 5). Por consiguiente, sed amigos fiables, en los que puedan palpar la amistad de Jesús hacia ellos; al mismo tiempo, sed testigos sinceros e intrépidos de la verdad que hace libres (cf. Jn 8, 32) e indica a las nuevas generaciones el camino que conduce a la vida.

Pero la educación no es solamente obra de los educadores; es una relación entre personas en la que, con el paso de los años, entran cada vez más en juego la libertad y la responsabilidad de quienes son educados. Por eso, con gran afecto me dirijo a vosotros, niños, adolescentes y jóvenes, para recordaros que vosotros mismos estáis llamados a ser los artífices de vuestro crecimiento moral, cultural y espiritual. En consecuencia, a vosotros os corresponde acoger libremente en el corazón, en la inteligencia y en la vida, el patrimonio de verdad, de bondad y de belleza que se ha formado a lo largo de los siglos y que tiene en Jesucristo su piedra angular. A vosotros os corresponde renovar y desarrollar ulteriormente este patrimonio, liberándolo de las numerosas mentiras y fealdades que a menudo lo hacen irreconocible y provocan en vosotros desconfianza y desilusión.

En cualquier caso, sabed que jamás estáis solos en este arduo camino: además de vuestros padres, profesores, sacerdotes, amigos y formadores, está cerca de vosotros sobre todo el Dios que nos ha creado y que es el huésped secreto de nuestro corazón. Él ilumina desde dentro nuestra inteligencia, orienta hacia el bien nuestra libertad, que con frecuencia percibimos frágil e inconstante; él es la verdadera esperanza y el fundamento sólido de nuestra vida. De él, ante todo, podemos fiarnos.

Por tanto, queridos hermanos y hermanas, en el momento en que os entrego simbólicamente la carta sobre la tarea urgente de la educación, nos encomendamos todos juntos a Aquel que es nuestro verdadero y único Maestro (cf. Mt 23, 8), para comprometernos juntamente con él, con confianza y alegría, en la maravillosa empresa que es la formación y el crecimiento auténtico de las personas. Con estos sentimientos y deseos, imparto a todos mi bendición.

domingo, 7 de septiembre de 2008

Echar un cable



Érase una vez un alumno que atendía en clase, consultaba sus dudas y estudiaba.


Llegaba el día del examen y el temor lo paralizaba. Durante tiempo no pudo superar un solo control.


Pero el profesor sabía que sabía.


Un día cualquiera, en hora de clase, lo hizo salir a la pizarra. Era algo habitual. Salir a la pizarra para realizar un ejercicio mientras los demás compañeros lo hacían en su libreta.


El ejercicio era completo. Había que aplicar los conocimientos adquiridos durante la evaluación.


El alumno frente a la pizarra. Era un día normal. Y él cogió la tiza y empezó a llenar el encerado. Se paraba de cuando en cuando para pensar... y seguía.
"Ya está, Sr. Estil-les"


Ni un error.


Acabó la clase y el profesor le pidió que esperara. Salieron todos del aula.


"Tienes un 10. Enhorabuena. Has hecho un buen examen".


"¿Examen?"...


El profesor sólo cambió algo. No le dijo que lo estaba examinando. Y desapareció el temor. Y el alumno pudo demostrar lo que sabía. Ganó en confianza. Y, poco a poco, fue perdiendo el miedo.


A veces nos falta ese mínimo de bondad, ese esfuerzo por encontrar el punto fuerte del alumno que fracasa una y otra vez. A veces nos hace falta un poco de empatía, que no es blandenguería. A veces sólo hace falta creer en los alumnos, querer a los alumnos. Y centrarnos en los más débiles.


Gracias, papá. Gracias por contarme historias reales como ésta; me enseñaron cómo se moldea el corazón del maestro.




viernes, 5 de septiembre de 2008

¿Tragar o aprender?

Hace bastante tiempo. No obstante, creo que podríamos citar la frase del poeta… “como decíamos ayer”. Pedro Piqueras entrevistaba a Mª Jesús Sansegundo. La entonces ministra de Educación pronunció en varias de sus respuestas la palabra ESFUERZO y colocó la tilde en la formación permanente del profesorado. ¡Bingo! Qué lástima no haber podido colar en su carpeta algún estudio del filósofo Alfonso López Quintás.

Su proyecto educativo, “Escuela de Pensamiento y Creatividad”, pretende dar un giro radical, diría que de 180º, al concepto de enseñanza. Si las nuevas tecnologías avanzan dando zancadas y podemos acceder a cualquier información con un simple “clic”, “en el momento actual –asegura López Quintás- lo que procede no es tanto a niños y jóvenes lo que los adultos hemos aprendido (...) sino ayudarles a ”.

¡Menuda utopía!. ¿O menudo reto?. Ante un cambio de panorama se hace necesaria una reflexión coherente y comprometida. ¿Por qué y para qué los niños pasan un buen número de años en las aulas de una escuela?. ¿Para que “engullan” datos, definiciones, fórmulas... y “vomiten” en un examen o para que aprendan a pensar con rigor?. En el primer caso, los alumnos perciben la información como algo externo a ellos; la reciben de forma pasiva. El que instruye lanza mensajes a un sujeto sin poner en juego su voluntad y creatividad. No comunica porque no se ha producido lo que L. Quintás denomina “encuentro” . Y el alumno decide que aquello no le interesa porque no logra conectarlo con su realidad; no le sirve.

Enseñar a razonar es otro asunto y obliga a revisar algunos tópicos .
Una hora de clase no tiene por qué ser la repetición sistemática de lo que ya viene en el texto; los alumnos saben leer. Proporcionar herramientas y material para que el estudiante descubra por sí mismo lo que el maestro podría haber expuesto en menos tiempo no degrada la función del docente; antes bien, le exige un mayor grado de preparación. El examen-de-toda-la-vida no es el único método de evaluación; este sistema, si es persistente y abusivo, tiene efectos conductistas nefastos. Impide entender que lo que es susceptible de ser aprendido se aprehende si deja poso, si genera recursos para futuros aprendizajes; aunque se olviden los datos, las definiciones y las fórmulas.
López Quintás explica de forma gráfica que enseñar a “tragar”se basa en realizar “ acciones que van de nosotros a las realidades del entorno y allí terminan. Doy un empujón a un libro y éste se desplaza. No hay reacción por su parte a mi iniciativa. Yo he tenido todo el protagonismo. He realizado una acción coactiva. He mandado, y el libro ha obedecido mi mandato ciegamente.” Sin embargo, “las acciones dirigidas a una inteligencia y a una voluntad libres no son coactivas sino suscitadoras.” Suscitar, guiar desde fuera para enriquecer lo que hay dentro y pueda fluir como actividad creadora, interpelar a la razón de cada individuo para que conforme sus propias estructuras mentales. Porque “todo pende en nuestra existencia del ideal que asumamos como propio”.

jueves, 4 de septiembre de 2008

Querido Maestro


Hace días que rastreo en publicaciones, en extractos de la reforma de la enseñanza... No encuentro nada digno de mención. Asignaturas viejas y nuevas, más atención a la diversidad;...la contrarreforma de una reforma que no tuvo la oportunidad de existir. Opiniones encontradas... crispación. ¿Y los profesores? ¿Quién se ha preocupado de analizar las dificultades que entraña poner en marcha las “brillantes” ideas de los que hace tiempo que no cogen una tiza ni deben enfrentarse día a día con aulas que parecen un cajón-de-sastre?. El largo periodo en el que ha estado vigente la promoción automática ya no es una semilla; todas las escuelas están recogiendo sus frutos. Las consecuencias están ahí y ahora vamos a ver quién lo remedia... cómo se les hace entender a los alumnos que lo que ha habido hasta ahora es lo mismo que cruzar la calle con el semáforo en rojo. El porcentaje de los “no hay ganas” y “éste a mí no me dice lo que tengo que hacer” aumenta de forma vertiginosa. Y la causa hay que buscarla en las lagunas que muchos de ellos arrastran desde hace años y les impide avanzar en la comprensión de las materias del curso siguiente. ¿Qué hace un alumno que no se entera? No hay demasiadas opciones. O se limita a calentar la silla como espectador pasivo de un “rollo” que no va con él... o, a poco “movidito” que sea, revienta la clase. Y los que se enteran ... peor; se quedan a medias porque es imposible seguir una explicación con interrupciones constantes y ruido de fondo.

Y ahora, sin abandonar el escenario del aula, nos situamos en el lugar del profesor. Se da por supuesto que con este panorama ha de conseguir que los alumnos aprendan y lograr que alcancen los mínimos marcados en el currículo de su asignatura. Además, debe batallar con conductas que tienen mucho en común con las peleas callejeras: los insultos entre compañeros, las bromas de mal gusto, las faltas graves de respeto. A los profesores les pedimos que sean competentes en su materia, que -además de pedagogos- hagan las veces de policías, psicólogos, animadores culturales y lo que se tercie. Reivindicamos, como si se tratara de un derecho adquirido, que todos los alumnos aprueben... pero sólo nos interesamos por sus estudios cuando ya tenemos las notas en nuestras manos. Pretendemos que nos suplan en aspectos educativos que son competencia exclusiva e inexcusable de los padres. Les exigimos que se saquen de la manga una autoridad que nosotros mismos les arrebatamos cuando los desacreditamos en presencia nuestros hijos –sus alumnos-. Sí, ¡claro que lo hacemos!. Les robamos el prestigio cuando en casa juzgamos su labor sin tener los datos necesarios, saltándonos a la torera la presunción de inocencia. Y nos convertimos en unos déspotas cuando les reclamamos que sean comprensivos con las limitaciones de los alumnos, pero a ellos no le permitimos un solo error. Por lo visto, no hemos caído en la cuenta que ellos también son humanos.

Cualquier trabajador necesita motivaciones positivas y que reconozcan la valía de su trabajo. ¿Pensamos, quizá, que los profesores son de otra especie? Y si no, intentemos recordar cuántas veces hemos pensado en el maestro cuando las cosas van bien. ¿Suman los dedos de una mano? Este concepto de la figura del profesor está tipificada; tiene un nombre: la del “padre-cliente”, que entiende la entrega del educador como un pozo sin fondo de obligaciones, “para eso cobran” ... y no merece nuestro agradecimiento.

Todos estamos de acuerdo en que el docente es el que ha de vertebrar los conocimientos, aptitudes y valores de los alumnos. Y los alumnos de hoy son los ciudadanos de la sociedad del mañana. Entonces, ¿qué medidas contempla la nueva ley para que los enseñantes dispongan de los medios necesarios y puedan desarrollar una de las tareas más importantes y peor reconocidas?. ¿Cuál es nuestra actitud –la de los padres- ante los hombres y mujeres que un día decidieron que querían trabajar, implicarse en lo que es la base de todas las empresas, la de formar personas?

martes, 2 de septiembre de 2008

Flor roja con tallo verde


Hoy rescato un viejo artículo. Que nadie piense que estoy contra la normativa escolar. Pero sí estoy a favor de formar ciudadanos libres, que sepan distinguir entre una acto humano y un acto del hombre.



Muchos lo piensan. Pero no lo manifiestan en voz alta. Porque el ambiente es tan asfixiante que el oxígeno no llega al cerebro, el riego sanguíneo no es fluido y a los pulmones les falta aire libre para poder hablar. Me da pánico que cualquier día nos suceda como a Soledad.


A Soledad le mandaron dibujar las flores de un jardín. Empezó a hacer flores con lápices de color rosa, naranja y azul. Una orden de la maestra interrumpió el trabajo. “¡Esperad!. Yo os diré cómo debéis hacerlas. ¡Así!”. Y pintó una flor roja con el tallo verde. Soledad miró la flor de la maestra, miró la suya… le gustó más las suya, pero guardó su papel e intentó copiar la flor de la pizarra. Era roja con el tallo verde. Era correcta; había seguido fielmente las indicaciones. Pocos días después, la profesora le mandó componer una redacción. “¡Qué bien! – pensó - Podré escribirle a las estrellas”. De inmediato, se oyó la voz de la maestra .“¡Esperad!. Yo os diré sobre qué escribiréis. El tema será las vacaciones” . Soledad aún albergaba la esperanza de poder explicar que en verano las estrellas se asoman más tarde. Pero sus pensamientos fueron de nuevo interrumpidos: “¡Esperad!. Yo os diré lo que debéis poner. Anotad: lugar adonde fuisteis a veranear (playa o campo); con quiénes fuisteis (padres o amigos); qué medio de transporte utilizasteis (aéreo, marítimo o terrestre); qué hicisteis, cómo lo pasasteis, cuántos días estuvisteis y cuándo regresasteis.¿Lo habéis entendido?.¿Sí?. Podéis empezar.” Soledad cogió su lápiz con resignación y comenzó a contestar uno por uno y de forma ordenada todos los puntos que la maestra les había marcado. En esta pauta no cabían sus estrellas.


Soledad ha dejado de ser niña, pero le siguen marcando pautas innecesarias que no la dejan crecer. Los poderes públicos se parecen demasiado a la maestra de Soledad. Prohibido mendigar, prohibido tender la ropa en el balcón, prohibidas las representaciones musicales en la calle, prohibida la venta ambulante, prohibido dormir al raso, prohibido vender bollería en los bares de los colegios, prohibido fumar, prohibido rotular los comercios en según qué idioma... Puestos a prohibir, no entiendo cómo no se les ha ocurrido prohibir vender tocino, que dispara el colesterol; prohibir tomar el sol sin protección “pantalla total”, que produce cáncer de piel; prohibir tomar café o té verde o té rojo, que sube la tensión. Puestos a prohibir, ¿por qué no se nos prohíbe pensar? Es la prohibición más sencilla; es la consecuencia lógica de todas las anteriores y de las que están por llegar.


Nos han construido un techo de poca altura y nos pretenden instalar en un estadio de infantilismo que recuerda la primera educación: andar correctamente, saber utilizar los cubiertos y los útiles de escritura, decir gracias, buenos días , buenas noches... Este estadio es parecido a la enseñanza que recibe un estudiante de música. Primero aprende solfeo y el uso adecuado del instrumento. Pero si, llegado el momento, el sujeto no es capaz de interpretar personalmente e incluso componer una partitura... ¿tiene algún sentido la clase de música? .


Soledad y su familia se mudaron a otra ciudad y la niña cambió de escuela. En uno de los primeros días que ella asistía a clase, la maestra dijo: “En esta clase haremos un dibujo.” Soledad se quedó esperando a que la maestra dijese cómo debería hacerlo. “¿Por qué no trabajas?. ¿No te gusta dibujar?”, le preguntó la maestra. “ Sí – le respondió Soledad- pero estoy esperando que usted me diga cómo lo tengo que hacer. “Como tú quieras- contestó la maestra-. Se trata de una manifestación personal”. No lo entiendo -pensó Soledad-. Y comenzó a hacer una flor roja con el tallo verde.


El suma y sigue de sanciones cada vez más severas, de normativas cada vez más particulares, de reglamentos cada vez más minuciosos... pueden dar seguridad, sobre todo a los que mandan. Pero esta seguridad es ficticia. Las consecuencias tienen un efecto “rebote” : la inhibición –“ya me lo darán hecho”-, la ignorancia –“otros lo harán por mí” - y la rebeldía –“¡que no me da la gana!”


La seguridad antes-que-nada es un contravalor, un principio antivital por excelencia. Mientras existen normas coercitivas, el barco llega a buen puerto. Pero ojo el día que desaparece quien marca el rumbo... cuando no hay nadie que diga cómo hay que dominar el timón. El barco navega a la deriva y naufraga. Porque ya no somos nosotros los que nos vivimos; nos viven desde fuera. Compensa más invertir en educación para que los niños de hoy sean mañana ciudadanos libres y responsables que en el despliegue de medios que comporta un estado policial. Es más rentable y psíquicamente más saludable.